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La Nacion / Lunes 24 de agosto de 2026

Después de patear el hormiguero

Por Carlos Melconian



Muy probablemente, el paso del tiempo irá confirmando dos cosas: lo histórico del mandato del presidente Javier Milei y, al mismo tiempo, sus limitaciones o su techo. En lo histórico, podrá ser visto como la persona que “pateó el hormiguero”. Esto es: rompió inercias, desafió consensos agotados, removió temas tabú y reinstaló la disciplina fiscal –con licuadora más que con motosierra– que pocas veces y por cortos períodos tuvo el país. Hasta aquí, meritorio.

También el tiempo confirmará que fue votado como consecuencia del cuestionamiento de la sociedad argentina a un sistema político y económico que nos llevó a la decadencia. Esto también será parte de la historia.

Pero también hay límites. Empieza a tomar cuerpo, y está cada día más claro, que una cosa es romper y otra, construir. Romper, justamente, es patear el hormiguero. Construir es que la gente esté mejor. Y lo que se está viendo es que esa construcción todavía no aparece y, más preocupante aún, tampoco aparece una hoja de ruta para alcanzarla.

Se va confirmando, en los dichos y en los hechos, que es un gobierno concentrado casi exclusivamente en lo económico. Y dentro de lo económico, específicamente en tres cosas: I) superávit fiscal a partir de la licuación masiva del gasto en 2024, casi sin reformas ni del gasto ni de impuestos; II) pago de la deuda en dólares con financiamiento a los ponchazos, y en pesos con financiación más nueva deuda, y III) mercado de cambios, donde compró dólares durante 2024, vendió y, además, necesitó al Tesoro norteamericano en 2025 y vuelve a comprar en 2026.

Las reservas suben muy poco y permanecen menos negativas que las heredadas. La principal razón por la que no suben es que la dolarización de los argentinos se lleva íntegramente el gigantesco superávit del comercio exterior, producto de importaciones muy caídas por nivel de actividad y exportaciones récord: Vaca Muerta, minería, más el campo.

Gran problema: los dólares que entran por una ventana se van por otra, al colchón, a la tarjeta en dólares, a Punta Cana, entre otros destinos. Como contrapartida, tamaña oferta neta de dólares sirve para evitar una crisis cambiaria a lo 2014, 2018, 2022 y, más recientemente, 2025. Y acá aparece una cuestión central: hay una oportunidad.

La Argentina tiene hoy algo que muchas veces no tuvo: superávit fiscal y superávit comercial simultáneamente. Y aunque no es infalible, esto es claramente una oportunidad que permitiría evitar una crisis financiera. Energía modificando estructuralmente su balance externo; minería en expansión; el campo aportando exportaciones. Pero sería un triste error conformarse solamente con evitar la próxima crisis.

Por otro lado, en lo político, el Gobierno está concentrado básicamente en la búsqueda de ingeniería electoral para la reelección, “al puro estilo casta”. Suspender o eliminar las PASO (elecciones primarias) y permitir colectoras en las listas que encabece el propio Presidente.

En esta instancia política ha aparecido la “heterodoxia” a la que la misma administración se niega en política económica. Con este último punto se cierra el “relato dolarizador –cierre del Banco Central– combate a la casta” que prometió el candidato.

Volviendo a la estrategia económica, lo dicho hasta aquí –superávit fiscal en pesos y comercial en dólares– alcanza probablemente para evitar una explosión financiera, lo que no es un tema menor para la historia argentina. Pero lejos está de constituir una economía normal que resuelva el tema de que la gente esté mejor.

Es que después de patear el hormiguero, y a dos años y ocho meses de gestión, quedan preguntas por responder: ¿cómo recuperar la moneda?, ¿cómo mejorar la productividad?, ¿cómo volver a generar movilidad social?, ¿cómo se corrige la regresividad que lleva implícita el modelo?, ¿cómo se mejora la distribución sin interferir el proceso de inversión?, ¿cómo se integran los sectores que quedaron congelados o avanzan a otra velocidad, más allá de que tengan que “cambiar el chip” –que es la terapia sugerida por algunos funcionarios–?, ¿cómo crear instituciones que aprendan y rindan cuentas, especialmente de las obligaciones fiscales?

A fin de cuentas, el tema central es cómo esta administración gana confianza, dado que hasta ahora no lo ha logrado y esta será, sin lugar a dudas, una condición esencial para el éxito.

Confianza, moneda, productividad y progreso social no son compartimientos separados. Sin confianza no hay moneda. Sin moneda no hay profundidad en el mercado de crédito. Sin crédito e inversión, es difícil aumentar sostenidamente la productividad. Y sin productividad resulta mucho más difícil mejorar salarios, distribución y movilidad social sin regresar a los viejos mecanismos que terminaron en inflación y decadencia.

De nuevo, en términos de fases o etapas, da la impresión de que la etapa posterior a patear el hormiguero no es que se haya agotado, sino que nunca ha aparecido. Esto es, la endogeneidad y el virtuosismo del anarcocapitalismo no aparecen.

Por lo tanto, la idea de que “la macro anda bien y falta la micro, que le llegue al ciudadano de a pie” es un concepto equivocado, dado que lo macro no está resuelto.

La macro resuelta genera un marco previsible y sostenible para que las familias y las empresas tomen decisiones de consumo, ahorro, inversión y producción con muy baja incertidumbre. Con precios relativos alineados, inflación baja y predecible, cuentas públicas y externas en orden, consistencia monetaria y financiera, crédito fluido, acceso a los mercados y bajo riesgo, recién entonces la discusión distributiva acerca de por qué no derrama al hombre común tendría sentido.

Pero este no es el caso.

La estabilidad bien entendida todavía está lejos. Pero aun así, y aunque algún día llegara, no es el punto de llegada. Es la plataforma desde la cual una sociedad puede volver a creer, crecer, invertir, recuperar oportunidades para la sociedad y confiar en su moneda.

Esto no invalida el comienzo de esta nota, en el sentido de que la historia reserva para el presidente Milei el activo de haber pateado el hormiguero. Pero hasta aquí. Punto.

Por lo tanto, acumular supuesto poder de fuego (muy discutible), amontonando swaps o reservas que no existen para enfrentar las turbulencias de un año electoral no es un programa. A lo sumo, es casi extender formalmente la idea de que esa discusión –la de tener un programa y una hoja de ruta que consolide la confianza– queda para un próximo gobierno.

En este contexto, entonces, la persistencia de la alta dolarización de los argentinos no es solo un fenómeno explicado por la historia y la política que nos llevaron al resultado electoral de 2023. También expresa dudas presentes respecto de cómo se reconstruye hacia adelante y cuál sería la hoja de ruta que se añadiría a la supuesta “estabilidad macro”.

En términos de lo que se puede aprender hacia el futuro, no se trata de ponerse en medio del populismo y el dogmatismo para encontrar un equilibrio. El promedio del fracaso lleva al fracaso otra vez. Hay que superar estas dos posturas, doctrinaria y emocionalmente.

El camino debe ser superador.

La reconstrucción de la confianza incluye, desde ya, la moneda, pero también la productividad. El progreso social, instituciones que funcionen y rindan cuentas y la pacificación y cohesión social del país.

La hoja de ruta deberá ser consistente y profunda, pero también sencilla para que la entienda cualquier ciudadano.

El desafío argentino no consiste en volver atrás ni en encontrar un punto medio entre el populismo que fracasó y un dogmatismo que confía en que todo lo demás aparecerá espontáneamente. El desafío es superarlos.

Disciplina fiscal, moneda, productividad, inversión, progreso social, instituciones, confianza y cohesión social no son programas diferentes. Son partes de una misma economía normal.

Milei tuvo el mérito histórico de patear el hormiguero. La oportunidad que queda abierta es mucho mayor: construir después de haberlo pateado.

Por Carlos Melconian